Huellas Borrosas.
“Hay que aprender a vivir con la soledad, de la manera en que no se choque con ella pero tampoco se le aparte de nosotros”.
Ahora
que lo pienso, el escupitajo que lancé al cielo sin cuidado, llegó directo a mi
cara. Algunos dicen que es justicia divina, yo… yo, lo llamo karma –como ella
solía hacerlo-.
¿Saben?
Todo <<paso>> significa una huella –algo que marca un inicio
y presiente un final-, toda <<huella>> significa un recuerdo –imagen que conserva la
memoria entre dichas y tristezas-, y todo <<recuerdo>> –palabra mal enfocada por muchos-. Todo
recuerdo: es una traición que se desvanece con cada huella en la arena.
—
Tú... ¿Quieres algo? —Pregunte sin mucha gana. Sin parecer desesperado, claro
está.
Ella,
antes de responder miró hacia un lado y sin pensarlo mucho, sonrío.
— No. ¿Por qué? —Me dijo, mientras jugábamos –ella al menos
lo hacía- con los pies en la arena.
— Por
nada —Suspiré y levanté los hombros en signo despreocupado.
Como
si esa conversación fuese lo más normal del mundo.
Lo
cierto era –y ya me lo imaginaba-, que esta charla sería tan significativa,
como la significancia de su existencia en lo que sería mi vida, más adelante.
—
Eres extraño... —Espetó como conclusión definitiva.
No
puedo negar que a esas alturas mis arranques de amor bajaban a revoluciones
mínimas, yo estaba a punto de hacer una confesión de aquellas que no se hacen a
menudo y ella por su parte, no hacía más que bajarme de la nube.
Aunque
debo admitir que esa era una de sus grandes gracias, o talentos, mujer creativa
aquella que estaba frente a mí. Para no hacerme menos y complaciendo el interés
ajeno, y el mío, pues nunca había negado no ser extraño, respondí.
—
Bastante —Esta vez, mi voz no ayudó. Además de sudar, un poco, ese tic en el
ojo izquierdo –de subir la ceja constantemente-, comenzaba a hacer de las suyas.
¡Qué Fastidio!
Entonces,
ella tan grácilmente, se acercó –como leyendo mis actitudes- y me susurró al
oído: — ¿Y tú, quieres algo? —.
—
Si... — Respondí sin pensar.
Tan
malvada y genuina, ella, atacaba a mis puntos débiles sin consideración.
Con
la misma atracción del comienzo, eso sí, con la voz más baja, como si estuviera
contándome secreto, volvió en sí y preguntó: — ¿Qué cosa?
Y yo,
atontado por sus encantos naturales, su fragancia tóxica y mis idealizaciones
juveniles, confesé: — A
ti.
En
ese minuto creí que mi amor iba a durar para siempre.
Iluso
yo, por creer en ello y no decirlo en voz alta, porque de sentir esa sensación,
lo hice muchas veces y, sin embargo, alenté a su alma a creer lo contrario.
Siempre
diciéndole a ella que avanzar era bueno, había que saber dejar atrás, como si supiese
más del mundo. Alardeando de mi control, de madurez, jurando saber mil y una, cosas.
Lo cierto fue que nunca supe, y no deje espacio al aprendizaje.
Según
yo, había que tener en cuenta la forma de enterrar el pasado –de manera que no
entorpezca el presente y sirva en el futuro-, pero ella, nunca quiso
escucharme. Quizás por eso la perseguí con tanto ahínco, al menos hasta que la
tuve en mis brazos.
Ella
nunca dijo nada al respecto, por eso pensé en mi amplia madurez, antes que la
suya. No me di cuenta, nunca, que ella
si había escuchado, y más que eso, había comprendido mis palabras, en silencio
las había reflexionado y cuando supo que nuestro amor no daba para más siguió
avanzando.
Al
final, fui yo el que quedo ahí, varado, tratando de perseguir sus huellas que
se consumían con el alza de la marea, fui yo el que más soñaba y el que no supo
manejar el amor de la manera en que la experiencia me hubiese enseñado mi
camino, más adelante.
Fui
el único que se quedo pegado siguiendo sus pasos, pero me di cuenta, tarde pero
lo hice. Ahora como ella, seguiré caminando de la manera en que no olvide, ni
deje la felicidad de lado.
